Una película, un filme, es algo formado por muy diferentes elementos. Por ejemplo, nosotros nunca podremos aceptar a “Titanic” como buen cine porque exhiba formidables efectos especiales mientras cuenta una ridícula telenovela en el centro de una enorme catástrofe.
Si se piensa en la tan cacareada y oscareada “Avatar”, pensamos lo mismo: un fabuloso despliegue técnico sobre el cual el muy infatuado James Cameron perora sobre “su idea de la conservación ecológica”, y a pocos se les ocurre recordar que esa “conservación ecológica” va envuelta en un perfecto plagio, puesto que lo contado es lo mismo que contara Kevin Costner en “Danza con lobos”, con la única diferencia de la época.
Esto lo decimos porque admiramos, simple y sencillamente, a un Christopher Nolan que se mueve en el extremo opuesto: Nolan no trata de sugestionarnos con argumentos “importantes” o “trascendentes”, sino que, por el contrario, toma un personaje de tira cómica, Batman, o sea, un elemento literario que a muchos puede parecerle simplista, banal, superficial y que, hasta la fecha, siempre lo ha sido, y concibe una historia que lo eleva de categoría, que hace que esa que nos cuenta adquiera mayor peso específico como idea literaria que las otras mencionadas tan pretenciosas y hueras.
Porque esa es otra ventaja de Nolan: él, junto a David S. Goyer, y basándose en el personaje creado hace décadas por Bob Kane, conciben una historia que luego es convertida en guión cinematográfico por él mismo junto con su hermano menor, Jonathan, como antes lo hicieran con “Memento” y con “The Dark Knight”.
Y esa, en parte, es la diferencia: aunque no se trate de una regla a seguir, cuando un director es el creador literario de sus personajes, es de suponer que, precisamente por ello, les conoce mejor, los siente, les tiene un especial cariño porque son sus creaciones (en el presente caso, aunque los personajes son obra de Kane, en el concepto de creación de la historia de todos modos aplica la idea), algo que, como se comprende, no sucede con Cameron, cuya creación no es conceptual desde el punto de vista literario, sino que se limita a usarlos como argamasa para el uso de lo que es su verdadera creación: los efectos especiales.
Como es natural, es muy posible que los fanáticos del cómic refuten estas ideas que ahora exponemos aduciendo que tanto Batman como Alfred, Selina, Fox y el mismo villano, Bane, son “productos” de Kane.
Y eso es cierto y evidente, pero, vuelvo a nuestra idea original: Nolan cambia la sicología de esos personajes, los transforma, los hace más profundos y, sobre todo, más torturados, más sumidos en un sufrimiento existencial, como sucede con ese Bruce Wayne devastado por lo sucedido en el anterior episodio, ahora un ser convertido en ermitaño cuyas formidables aptitudes físicas se desvencijan, es casi un ser decrépito cuando le encontramos en este relato.
El villano
Y Bane, como antes sucediera con el Guasón, que interpretado por Jack Nicholson y dirigido por Tim Burton es un criminal, un ladrón y asesino, pero es risible, su máscara le convierte en una especie de payaso del crimen, que en las tiras cómicas, según los entendidos, es también un criminal asesino pero igualmente teñido por una aureola de comicidad, ahora es tan sombrío o casi tanto como lo era el Guasón de Heath Ledger.
Y Bane, como antes sucediera con el Guasón, que interpretado por Jack Nicholson y dirigido por Tim Burton es un criminal, un ladrón y asesino, pero es risible, su máscara le convierte en una especie de payaso del crimen, que en las tiras cómicas, según los entendidos, es también un criminal asesino pero igualmente teñido por una aureola de comicidad, ahora es tan sombrío o casi tanto como lo era el Guasón de Heath Ledger.
Muy a pesar de la mascarilla que usa (tiene que usar), ese Bane es escalofriante porque es, en las imágenes, un asesino despiadado, un verdadero sicópata desprovisto de la menor excusa, y cuando habla, su tono de voz, áspera y desagradable, corre pareja con las palabras que salen no de su boca, sino de lo más profundo de un ser enajenado, enloquecido.
Nos gusta este personaje de Batman, nos gusta esa idea de que prefiere alejarse de la civilización, del común de la gente, que se siente frustrado y carcomido por el dolor que no le deja vivir. Nos gusta este superhéroe que nos hace pensar que deja de serlo, porque Bane puede con él.
Usted puede buscarle excusas, puede recordarnos que ha estado ocho años anquilosado, que no se encuentra en su pleno estado físico, que ya no es el formidable atleta experto en todo tipo de enfrentamiento físico que pueda imaginar, pero, de todos modos, no estamos acostumbrados a presenciar esos terribles vapuleos en seres que siempre han sido considerados como paradigmas de la Justicia, tanto desde el punto de vista moral como el físico. Pero, aparte de estas consideraciones sobre la creación literaria y la sicología de los personajes, lo otro es el elemento estrictamente cinematográfico. En efecto, como a Hugo, como a Rubén, como a Panlo (mis compañeros en “Cineasta radio”, por si acaso han cometido la osadía de no escuchar el programa en la 95.7), nos gustó más The Dark Knight”. Es más compacta, tiene un par de situaciones que nos fascinan. Pero eso no es desmedro para la presente: también nos gusta más la Novena de Beethoven que la Quinta, lo que no significa que esta última no sea genial.
(+)FICHA TÉCNICA
El caballero negro asciende (The Dark Knight rises) Dirección: Christopher Nolan, Guión: C. Nolan y Jonathan Nolan sobre historia de C. Nolan y David Goyer y el carácter creado por Bob Kane; Fotografía: Wally Pfister; Musicalización: Hans Zimmer; Intérpretes: Christian Bale, Tom Hardy, Anne Hathaway, Marion Cotillard, Michael Caine, Gary Oldman, Joseph Gordon Levitt, Morgan Freeman, Matthew Modine, Cillian Murphy, Liam Neeson.
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